Un santo verdaderamente milagroso no repara en fronteras ni se preocupa por visas. Invocado por sus fieles, el milagrero se presenta adonde es solicitado. Es así como el Santo del Amor hace su primer "favor" internacional en Cuba y, tras un salto espiritual sobre el Caribe, hace su aparición en el famosísimo Floridita de La Habana para atender una emergencia amorosa.
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