Bromista más allá de la muerte
El expresidente venezolano Joaquín Crespo murió de un certero disparo en 1898, en el cenit de su carrrera política. Salvo ese acontecimiento que borró su sonrisa y los malos ratos que puede hacer pasar la política a un líder, este general gozaba de muy buen humor y siempre se encontraba maquinando alguna chanza entre sus más cercanos colaboradores y amigos. Por eso no es de extrañar que, desde el más allá, se dedicara a jugarle bromas a uno que otro visitante del Cementerio General del Sur y hasta algunos de sus colegas difuntos como El Santo del Amor. Crespo, desde que llegó este nuevo vecino, empezó a dejar animales muertos en la estatua hecha en su sepulcro para que un gato, que él bautizó como Leocadio, se la pasara encaramado jugando sobre su imagen.
Sí, el expresidente es un bromista contumaz. Pero también es un espíritu bonachón y de naturaleza noble que intenta orientar a El Santo del Amor acerca de las reglas para las almas que vagan por la eternidad y, en particular, para aquellas que tienen una misión divina.

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