Una fórmula para la eternidad
El 2 de enero de 1901 expiró el médico alemán Gottfried Knoche en su
hacienda Buena Vista de Galipán. En el mausoleo familiar lo esperaban los
cuerpos momificados de su hermano, su hija, su yerno y de otra inmigrante
rescatada de la orfandad: Josephine Weissmann. Siempre a su lado, la hermana de
esta última y ya anciana, Amelie Weissmann, esperó hasta ese momento para
inyectarle directamente en la vena yugular la fórmula secreta del Dr. Knoche,
con la cual se impedía la descomposición del cadáver. Pero esta no sería la
última dosis de la misteriosa sustancia, pues Amelie Weissmann reservó para
ella una pequeña cantidad que se inocularía cuando llegara su hora.

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