Nelson Urdaneta, el amante eterno
No era raro que Nelson Urdaneta llevara una vida de juerguista,
de bebedor y asiduo asistente de tertulias y bares, como cualquier otro periodista
caraqueño de la década de los ochenta. Tampoco era de extrañar que, fiel representante
del gremio, libara del néctar de muchas flores a la vez. Pero en lo que sí fue
considerado un fuera de lote fue en sus cualidades de amante. Tal vez por eso,
la Divina Providencia, tras su trágica muerte a manos de un esposo celoso, decidiera
convertirlo en El Santo del Amor: el paladín de las mujeres despechadas, las
solteronas desesperadas, las ninfómanas irredentas y hasta de los transexuales desconsolados.
Sin embargo, aquello que en vida era un placer procurado con desenfreno, en la
eternidad y como trabajo se volvió una pena, una especie de castigo a
perpetuidad. El amor de los santos no es igual al de los hombres y desde ese
hipotético estatus de privilegio se está obligado a hacer que los otros se
sientan amados, sin derecho a exigir reciprocidad. La santidad, en verdad, es
una carga pesada y dolorosa. Después de todo, esta es una tarea para mártires.

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