miércoles, 9 de abril de 2025


 

Knoche, el embalsamador del presidente

La mañana del 30 de noviembre de 1.878, una afección bronquial le arrebató la vida al presidente Francisco Linares Alcántara. Aunque nunca se pudo determinar el origen de la fulminante enfermedad, algunos creen que se trató de una muerte sospechosa, justo cuando el mandatario realizaba una serie de maniobras políticas para afianzarse en el poder.

Linares Alcántara convaleció a lo largo de nueve días en La Guiara, dentro de la antigua edificación de la Casa Guipuzcoana, donde finalmente expiró y pasó a convertirse en el primer presidente venezolano muerto en ejercicio.

Sus funcionarios más cercanos, integrantes de un gobierno asediado por caudillos que se acababan de alzar en armas en varias regiones del país, tenían frente a sí el cadáver del líder y fuera del antiguo edificio de la Casa Guipuzcoana una nación en peligro de sumirse en el caos.

Era necesario garantizar la continuidad institucional. El cargo sería asumido por el vicepresidente José Gregorio Valera. Pero, ante un acontecimiento como aquel, inédito en el país, se requería una puesta en escena, pompas funerarias acordes con las circunstancias y la envestidura del difunto. Mientras tanto, el cadáver se enfriaba y se descomponía. ¿Qué hacer?

Por aquel entonces en La Guaira, había ganado fama un médico alemán, un héroe en la lucha contra la epidemia de cólera de 1.855, de quien se decía que, además de ser un eminente cirujano y científico, dominaba el arte de la momificación: el doctor Goodfried Knoche.

Los miembros del gabinete que acompañaban al presidente Linares Alcántara cuando ocurrió el deceso, enviaron una comitiva por el doctor Knoche a su hacienda Buena Vista -ubicada a varios kilómetros de allí, cerca de Galipán- para que se encargara de la momificación del cuerpo.

Este episodio de nuestra historia queda plasmado por uno de los personajes de la novela La Última Momia de Galipán, Amelie Weissmann, durante una conversación con Carlos Reverón, ayudante del cónsul alemán, de la siguiente manera:

“Yo era la asistente del doctor Knoche. Nos fueron a buscar una tarde que realizábamos una consulta a un paciente en Maiquetía. Seis guardias a caballo se presentaron para pedirnos que los acompañáramos de inmediato a la Casa Guipuzcoana, sin darnos explicaciones. Allí nos informaron que el presidente Linares acababa de morir, después de nueve días en cama, y que necesitaban que el doctor Knoche se encargara de preparar el cadáver y embalsamarlo porque el médico personal del difunto conocía de su habilidad para tal procedimiento. No tardamos ni dos horas en momificar el cuerpo. Más tardé yo en buscar los químicos en el Hospital Militar y regresar para administrarle la fórmula al muerto.

         —¡Vaya, vaya! Debió sentirse honrado el doctor con esa solicitud. ¡Nada menos que embalsamar a un presidente!

         Bueno, en realidad el doctor Knoche no lo tomó de esa manera. Cuando terminamos de prepararlo, él me dijo: «Aquí entre nosotros, vinimos a perder el tiempo porque este hombre ya era una momia desde hace como un año».

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