Knoche, el embalsamador del
presidente
La mañana del 30 de
noviembre de 1.878, una afección bronquial le arrebató la vida al presidente
Francisco Linares Alcántara. Aunque nunca se pudo determinar el origen de la
fulminante enfermedad, algunos creen que se trató de una muerte sospechosa, justo
cuando el mandatario realizaba una serie de maniobras políticas para afianzarse
en el poder.
Linares Alcántara
convaleció a lo largo de nueve días en La Guiara, dentro de la antigua
edificación de la Casa Guipuzcoana, donde finalmente expiró y pasó a
convertirse en el primer presidente venezolano muerto en ejercicio.
Sus funcionarios más cercanos,
integrantes de un gobierno asediado por caudillos que se acababan de alzar en
armas en varias regiones del país, tenían frente a sí el cadáver del líder y fuera
del antiguo edificio de la Casa Guipuzcoana una nación en peligro de
sumirse en el caos.
Era necesario garantizar
la continuidad institucional. El cargo sería asumido por el vicepresidente José
Gregorio Valera. Pero, ante un acontecimiento como aquel, inédito en el país,
se requería una puesta en escena, pompas funerarias acordes con las
circunstancias y la envestidura del difunto. Mientras tanto, el cadáver se enfriaba
y se descomponía. ¿Qué hacer?
Por aquel entonces en La
Guaira, había ganado fama un médico alemán, un héroe en la lucha contra la
epidemia de cólera de 1.855, de quien se decía que, además de ser un eminente
cirujano y científico, dominaba el arte de la momificación: el doctor Goodfried
Knoche.
Los miembros del gabinete
que acompañaban al presidente Linares Alcántara cuando ocurrió el deceso, enviaron
una comitiva por el doctor Knoche a su hacienda Buena Vista -ubicada a varios
kilómetros de allí, cerca de Galipán- para que se encargara de la momificación
del cuerpo.
Este episodio de nuestra
historia queda plasmado por uno de los personajes de la novela La Última
Momia de Galipán, Amelie Weissmann, durante una conversación con Carlos
Reverón, ayudante del cónsul alemán, de la siguiente manera:
“Yo era la asistente del doctor
Knoche. Nos fueron a buscar una tarde que realizábamos una consulta a un
paciente en Maiquetía. Seis guardias a caballo se presentaron para pedirnos que
los acompañáramos de inmediato a la Casa Guipuzcoana, sin darnos explicaciones.
Allí nos informaron que el presidente Linares acababa de morir, después de
nueve días en cama, y que necesitaban que el doctor Knoche se encargara de
preparar el cadáver y embalsamarlo porque el médico personal del difunto
conocía de su habilidad para tal procedimiento. No tardamos ni dos horas en
momificar el cuerpo. Más tardé yo en buscar los químicos en el Hospital Militar
y regresar para administrarle la fórmula al muerto.
—¡Vaya, vaya! Debió sentirse honrado el doctor con esa solicitud. ¡Nada
menos que embalsamar a un presidente!
—Bueno,
en realidad el doctor Knoche no lo tomó de esa manera. Cuando terminamos de
prepararlo, él me dijo: «Aquí entre nosotros, vinimos a perder el tiempo porque
este hombre ya era una momia desde hace como un año».
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